jueves, junio 11, 2009

RÍOS DE AGUA VIVA (Parte 1)

El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que
salte para vida eterna
... De su interior correrán ríos
de agua viva

(Juan 4:14; 7:38).

En estos versículos, por medio de dos figuras se defi­ne una vida llena del Espíritu. Jesús le dijo a la mujer junto al pozo de Sicar: “El agua que yo le daré será una fuente.” Después, en el gran día de la fiesta, se dirigió a la multitud, diciendo: “El que cree en mí, de su interior correrán ríos de agua viva.” Notemos las dos expresio­nes: en él una fuente; de su interior... ríos.

En nosotros, el Espíritu Santo es como una fuente, un pozo de agua siempre fresca y permanente.

En el Antiguo Testamento se relata la historia de Agar, sierva de Abraham, quien anduvo errante por el desierto con su hijo, y llevando sólo un odre de agua. Cuando le faltó agua, la afligida madre dejó al mucha­cho debajo de un arbusto, pensando que moriría. Y el relato sigue diciendo que Dios le abrió los ojos a Agar y vio una fuente de agua. Entonces llenó el odre de agua y dio de beber al muchacho (Génesis 21:9-21).

En el Nuevo Testamento está la historia de la mujer junto al pozo de Sicar. Había venido a sacar agua para su uso diario. Pero allí encontró al Maestro y recibió el agua de vida, que sólo El puede dar. Así que dejó su cántaro y regresó llevando en su interior una fuente de agua viva (Juan 4:1-30).

Dios no quiere que seamos cristianos que solamente tengamos un odre o un cántaro de agua, sino que seamos pozos de agua, es decir, que seamos llenos del Espíritu.

De nuestro interior, el Espíritu Santo fluye como in­menso río y no como arroyuelo. En el Antiguo Testa­mento, el Salmista dice: “Tomaré la copa de salvación, e invocaré el nombre de Jehová” (Salmos 116:13). Pero una copa es pequeña y es poco lo que le puede caber. El pro­feta Isaías, por su parte, exclama: “Sacaréis con gozo aguas de las fuentes de la salvación” (Isaías 12:3). Desde luego un pozo tiene una gran ventaja sobre una pequeña copa, pero el pozo puede secarse. El Señor Jesús, sin em­bargo, en el Nuevo Testamento, declara que el agua que El ofrece será como una fuente que salte para vida eterna. ¡Profundas vertientes abastecen a una fuente y jamás se seca! Después el Maestro, asegura que el que en El cree, “de su interior correrán ríos de agua viva.” Hay pues, un maravilloso progreso, de una copa a un pozo, de allí a una fuente y, por último, de la fuente a un río. He aquí, inmensidad, la plenitud del don de Dios.

Fijémonos, además, que no sólo es un río, sino ríos, ¡caudal divino! “Correrán de su interior,” dándonos a en­tender que la corriente es lozana, sin trabas, espontánea. A todo el que le recibe como Salvador y Señor, Cristo le otorga un don más que suficiente, que le brinda plena satisfacción. Y esa vida abundará en bendiciones hacia los demás.

Fuente y ríos son dos términos que recalcan el al­cance de la obra poderosa del Espíritu Santo, la medida en que se recibe y la medida en que se da. Se recibe el Espíritu ilimitadamente. El apóstol Juan, en su Evange­lio, nos dice que Dios dio a su Hijo su Espíritu sin medi­da (Juan 3:34). Y nos atrevemos a creer que anhela dar su Espíritu sin limitación alguna, a todos sus hijos. Pode­mos inferirlo por la promesa que dio por medio de su profeta Joel: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne” (Joel 2:28). Derramar sugiere la idea de abundancia.

Este es el significado de “la plenitud del Espíritu.” Hemos de poseer vida, pero algo más, vida abundante. Hemos de poseer gozo, plenitud de gozo. Hemos de reci­bir paz, paz que sobrepasa todo entendimiento. Nos co­rresponde llevar fruto espiritual, y más aún, abundante fruto. Todo esto muestra la diferencia entre aquel que va por la vida tropezando y cayendo y el que disfruta de vigor, paz, poder, todo copiosamente.

Asimismo, la influencia del Espíritu Santo es sin me­dida: “ríos correrán.” La vida ya no es un depósito de es­casos recursos, de los cuales, si se echa mano sin precau­ción, pronto se agotan, y por lo mismo es preciso tratar de conservarlos. La vida es ahora un cauce de recursos infinitos y nos hay peligro de que se acaben. Mientras más se da, más es su aumento; son inagotables los recur­sos.

Hasta aquí se ha hecho hincapié en la necesidad de ser llenos del Espíritu Santo, pero es a la vez, de la mis­ma significación que éste se derrame, y, ¿con qué obje­to? Sugerimos dos razones por las cuales se hace necesa­rio.


n.d. (n.d.). Ríos de Agua Viva. Extraído el 11 de junio de 2009 desde http://wesley.nnu.edu/espanol/gozo/gozo06.htm

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